Por siempre en mi
Dicen de algo que es muy fuerte y que hace la gente que se comporte de formas extrañas. Según me contaron, eso lo hace el amor. Creo que se puede llegar a lo correcto con esa afirmación. En mi caso particular haría muchas cosas por alguien que amo. No sé si tantas como las que hizo Roberto. Un muchacho de unos 35 años que viví en el barrio de Lanús.
Según recuerdo, Roberto entró a la casa donde vivía con su madre. Al entrar a la cocina, descubre el cuerpo muerto de su madre mientras tomaba unos mates con galletitas. En ese momento el mundo de Roberto se terminó. Sintió que todo se le venía abajo. Que ya no tenía sentido seguit viviendo.
Llorando desconsoladamente, con el cuerpo a cuestas de la madre, se dirije hasta la casita del fondo en la que el tenía sus habitaciones. Dentro de la misma, ya en su habitación, le empieza a hablar al cadaver de la madre, el cual depositó sobre la cama. Le cuenta lo mucho que la ama y lo injusto que es Dios por arrebatársela de su lado. El cuerpo solemne se encontraba con un aire de tranquildad eterna. Acostado con las piernas cruzadas levemente y las manos recogidas al nivel del pecho. Roberto la comienza a besar con mucho amor. Primero en la frente, luego en las mejillas, en la boca, en el cuello y en el cuerpo. Le levanta la el camisolín que tenía puesto, le separa las piernas con mucho cuidado y comienza a penetrar el cadaver de su propia madre. Si uno lo viera desde afuera, parece que ese hombre le estuviera haciendo el amor, muy tranquilamente, a la persona que más ama en el mundo. Lo cual era cierto. Su madre lo era todo para el.
Una vez terminada la necrofilia, Roberto se va al tallercito que tiene a unos metros de su habitación. Cuando regresa , desenchufa un velador y enchufa una moladora. Como si fuera el trabajo de un artista, empieza a trozar a la madre. Comienza por las articulaciones de las piernas. Primero los tobillos, luego las rodillas y a la altura de la ingle, como por las caderas. En segundo lugar, las muñecas, los codos y los hombros. En última instancia, con un cuidado mayor a los anteriores, corta el cuello. Levanta la cabeza como si fuera un trofeo y, al mejor estilo Maradona en el ‘86, le da un gran beso en la boca.
La imagen final de esta situación, es la de una cama con las sábanas completamente llenas de sangre, y los diferentes miembros cortados a los costados de la cama. Apoya la cabeza en la mesita de luz. Toma de nuevo la moladora y empieza a cortar en el medio del pecho. Le cuesta bastante poder cortar las costillas. Luego de un rato, y con bastante esfuerzo, logra su cometido. Mete las manos con fuerza y le saca el corazón a la madre. Lo mira con mucho cuidado. Chorrea sangre y está bastante lastimado por el roce con las costillas. Se pone a llorar de nuevo y lo apoya junto a la cabeza.
Se queda meditabundo un segundo y comienza a juntar todos los meimbros que están tirados. Junta las manos y los piés, poniéndolos en la mesita de luz junto al corazón y la cabeza. El resto los pone sobre la cama, y arrodillado sobre la cama, comienza a comer como si fuera la pata o el muslo de un pollo. Engulle como un muerto de hambre. Con un pequeño destello de satisfacción. Varios días tardó en comer la carne en estado de putrefacción. La cabeza y el corazón; las manos y los piés; los guardó en el freezer de la cocina en bolsas Ziploc separadas.
Nunca se supo más nada de Roberto ni de Olga en barrio. Cuando la policía entró, sólo encontraron unos huesos humanos. Los raro para la policía fue lo límpios que estaban los huesos. Como si un perro, o un humano en este caso, se hubiera comido toda la carne que los rodeaba. Desconozco como se caratuló la causa, pero ya nadie habla de esa misteriosa desaparición. Ya nadie se acuerda de Olga, excepto yo. Que por siempre vivirá en mi.